Modelo productivo extractivista e intensivo que hace que el mundo rural sufra la presión urbana que destruye la biodiversidad y comunidades rurales
El conflicto entre biodiversidad mundo natural y mundo rural se genera por una cosmovisión y modelo productivo extractivista y depredador desconectado de los ciclos naturales que crean graves desequilibrios en el tejido natural y en el tejido social. Atenta contra la calidad y la cantidad de agua disponible, la fertilidad del suelo, la biodiversidad, la funcionalidad de los ecosistemas y el desarrollo de sistemas alimentarios locales. Es necesario repensar la relación entre sociedad y naturaleza desde enfoques más integradores y dependientes del contexto territorial.
El extractivismo se identifica en el medio rural con macrogranjas, macroembalses, plantas de biogás y de biomasa, parques solares y eólicos, centros de datos, vertederos, proyectos de hidrógeno verde, reapertura de minas…., pero también el auge del turismo rural y el teletrabajo, todos ellos con impactos territoriales y sociales sobre la población residente. Muestran la subordinación del mundo rural y natural frente al modelo extractivista, que es urbanocéntrico, neocolonial, globalizado y despilfarrador. Sin olvidar los modelos de agricultura, ganadería y forestería industriales y extractivistas, que erosionan tanto la biodiversidad como los saberes tradicionales y los sistemas productivos agroecológicos que desarrollan su actividad en conexión con el metabolismo de la naturaleza.
Existen leyes claras de protección de la biodiversidad y restauración de la naturaleza, pero las administraciones competentes no desarrollan políticas y recursos para su aplicación. Falta diálogo y compromiso político entre protección de la biodiversidad y actividades productivas locales compatibles con el metabolismo natural.
Los impactos identificados incluyen una afectación directa sobre las comunidades rurales, que experimentan presión cultural, económica y territorial. Se constata una pérdida significativa de biodiversidad asociada a la fragmentación de los ecosistemas, la intensificación productiva y la gestión ineficiente y alejada del territorio. Estos procesos generan desigualdades sociales, y un progresivo desarraigo de la población rural. Asimismo, se compromete la capacidad de los ecosistemas para mantener funciones esenciales y servicios ecosistémicos y los ciclos del agua que repercuten en la salud ecológica pero también pública. En conjunto, los impactos afectan al conjunto de la sociedad, tanto presente como futura.
La presión humana sobre los ecosistemas origina una pérdida de hábitat provocando la desaparición de especies y reducción de poblaciones.
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