Déficit de cultura democrática
No es solo que el sistema falle —que falla—, es que tampoco nos han enseñado a usarlo. La escuela no forma para el pensamiento crítico, el debate respetuoso ni la organización colectiva. Aprender a leer una nómina o a impugnar un acuerdo vecinal no está en el currículo; memorizar fechas y ríos, sí. El resultado es una extendida cultura de delegar: votamos cada pocos años y esperamos que "ellos" resuelvan. La política se percibe como un oficio de especialistas, no como una dimensión de la vida cotidiana. Y cuando las cosas van mal, la respuesta no es organizarse, sino cambiar de figura en quien delegar. La desinformación termina de agravar el cuadro. Sin herramientas para contrastar fuentes ni detectar bulos, la ciudadanía es presa fácil de cámaras de eco algorítmicas, intoxicación interesada y relatos que convierten al vecino en enemigo. Así, el déficit es doble: no entendemos cómo funciona el poder (quién decide, cómo se presiona, dónde se bloquea) y, por tanto, difícilmente podremos incidir en él. Democratizar no es solo abrir puertas; es enseñar a atravesarlas. La formación política y mediática no es un lujo: es la condición de posibilidad de cualquier otro cambio.
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